miércoles, 15 de julio de 2009

Los ideales.

Aparte de un vieja marca de tabaco los ideales son un mecanismo para poner en marcha el motor de nuestra ilusión. Son los que nos permiten mostrar emociones con despreocupación, hacen que nos sintamos poderosos y capaces de cambiar cualquier cosa, por difícil que parezca. Son una mezcla de combustible que explosiona con avidez. Imprescindibles para mantenernos cuerdos ante tanta estupidez como nos rodea.
Pero mal llevados se vuelven perniciosos, nos enganchan haciéndonos sufrir, consiguen que perdamos el control, cosa que no siempre está mal pero que conviene no llevar a extremos. Por ello conviene revisarlos y adecuarlos constantemente. La relación que tenemos con personas y cosas nos lleva a conflictos y solo si nos serenamos somos capaces de resolverlos adecuadamente, por tanto ni pueden ni deben ser inamovibles, ni estrictos, ni tan siquiera constantes. Hay que reflexionar sobre ellos, mantenerlos cuando creamos que nos sirven y modificarlos cuando se convierten en un agobio. No vale tampoco tirarlos, o esconderlos, a la primera de cambio, por comodidad o desidia, sino más bien cuando hayamos experimentado suficientemente y, tras la pertinente reflexión, concluyamos modificarlos.
No los olvideis pero tampoco los mantengais contra viento y marea, son manejables como la vida misma. Sirven para experiementar y eso es mucho.

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